Me leen:

98

Deshazte la soga, voy a caer contigo si te cansas de luchar. No puedo ser tu fuerza pero sí tu paracaídas. En esos ojos comprendí que el pasado nunca pasa, ni se acepta, solo se vive mientras duela y hasta que se canse de torturar. Junto a esas manos entendí que los malos usos solo sirven para aprender de ellos, para dar por culo un rato.
Nacer de tus caricias y morir en tus miradas, suena bien, ¿eh?
Me deslizo entre tus piernas vestidas de cicatrices invisibles pero sí palpables, encajo mi sueño en tu entrepierna. Tú eres mi Caperucita y yo voy a comerte.
Despierto en una receta de cocina mal escrita sobre como lograr que tu dulce favorito sepa a mis besos ácidos.
Desgastemos nuestros labios mordiendo con rabia. Dándonos los buenos días incluso cuando lo sean. Deseando entre líneas que tus ganas de algo, hoy, sean sólo ganas de mí.

97.

¿Me entiendes? No creo.
Ni lo intentes, no quiero.
Pregúntame primero si quiero algo, si busco o espero. Quizás te sorprendas al darte cuenta de que no existen barreras. Hacía tiempo que no me sentía ni tan libre ni tan vacía. Sácame de aquí pero ni se te ocurra sonreírme. Odio esa felicidad enlatada, no me sirve.
Tú dame la soga, yo pongo el cuello y la decisión. Tú pon por mis pasillos el ruido de su colonia chocando con el oxígeno y yo ya si eso soy feliz o ya veo qué hago, a ver si me apetece un rato.
Deja que me hunda a no ser que quiera agarrar tus palabras, no suelo pedir ayuda porque no sé aceptarla.
¿Qué tal si te vas y ya bis vamos llamando? Planta flores naranjas para no olvidarte de mis manos, yo me fumaré el cigarro del deseo como siempre y en alguna nube de humo escribiré tu nombre. ¿Cómo has dicho que te llamas?
Vamos a fallarnos, para más tarde los polvos. Luchemos con portazos y gritos, a ver quién puede más contra el odio que nos une y nos separa tanto.

Que duela en el pecho no tendría por qué significar tener tristes los ojos, cuando tienes tristes hasta las ojeras plantéate hasta dónde estás dispuesta a llegar.

96.


Un colacao y humo. Soy muy niña para lo que quiero. Consumo las letras y nada hablan, ni exprimiendo, ni soplando, ni bebiendo, ni fumando, nada.
A veces paga el inocente, otras el pecador, otras el pecado. A veces, casi siempre, creo que soy el pecado de tus ojos tristes, de ese par de melodramas que cuelgan de tu ciudad de sueños. Soy como tirar una cerilla encendida en una lata de tabaco, una tontería de las que jode. En ocasiones siento el miedo aferrado con fuerza a tus pupilas verdes, otras la pasión. Y no temas, tu pestañeo es solo un respiro para mí, para cuando no te miro.
La cocina repleta va a estallar de silencio, estas 26 baldosas frías, heladas, me torturan. Como quien chilla 'Welcome to the hell'. La nevera me atormenta. 'Ábreme, ábreme, lléname la boca de picatostes y sal corriendo, culpable, a llorar frente la taza del baño'. Maldita cobarde. Todo esta perdido, a veces, casi siempre, me tiro en el suelo como quien rompe un vaso y me pisoteo a mi misma. Me chillo, me pego, me mutilo, me apuñalo. Sé hacer todo eso sin moverme, con palabras y con la boca cerrada. Lo más importante, sé morir donde mueren los sueños estando de pie, sonriendo y con los ojos secos. Me muero de ganas de contarle al mundo cuánto me echo de menos, y sin embargo no me cuesta demostrar sin tapujos que me estoy echando de mi propia vida. Quemándome con las calorías. A ver si aprendo a controlar por fin mi sed de mundo, mi hambre de ser otra.
Estas confesiones duran, o han durado lo que dura un cigarro de liar, pero de máquina.
Mis engranajes piden agua.
Y ni eso.

95

Nos llevamos como nos llevamos porque me buscas para lo que me buscas, porque has querido de mí lo que no quise de ti y hay corazones que no saben dar la cara. Porque quisiste cerrar mis heridas abriéndome de piernas y de ese modo solo conseguiste una larga sesión de quejidos rotos por tu almohada y mi cojín empapado repeliendo todos tus mundos. Porque ahora verte por la calle sería un suplicio, porque sabes de mí incluso sin querer. Y en mi pared apenas quedan restos de ti, y en esas camas ni siquiera el eco de los muelles resonar. No hay nada que pudiera hacernos volver y, sin embargo, te gusta sonreír cuando hablas de mí. Y ahora lees esto. Y pierdes el tiempo.

94.


'Del daltonismo y otras virtudes

Ojalá la poesía fuera un arma
porque si lo fuera
yo siempre tendría dos versos en la recámara
para decirle lo mucho que la quiero.

Porque yo la quiero mucho incluso cuando no la quiero tanto.

Como ayer por ejemplo que puso esa mueca
de no estar de acuerdo con nada
en lo que yo estuviera involucrado,
luego se le infló el pecho
con el aire más afortunado de la habitación
y maldijo todas las casualidades de mi vida,
empezando por ella.
La más grande.

Aquella tarde que llovía tanto
y ella bajo un balcón
esperando que una nube se enamorara de ella.
Pero la única nube que pasó fui yo
con un paraguas rosa.

No hay nada más absurdo en este mundo
que un hombre con un paraguas rosa bajo una tormenta.
Eso suele decirme.

Pero claro ella no sabe que yo el rosa lo veo celeste
y el celeste azul
y el azul, azul, o eso creo
y a ella preciosa.
La más preciosa,
en todos los colores.

Ahora va hacia la cocina,
lleva el pelo recogido como a mi me gusta
y grita

jjshihsddodjsipwpsssss

Algo así.

Supongo que debo haber dejado algo abierto,
algo que no sea mi corazón claro,
porque aquella tarde de lluvia ella se quedó la llave
y la tiene guardada en aquella braguitas naranjas
que al final resultaron ser rojas
que le regalé después del undécimo beso con lengua.

Yo sé que en el fondo me quiere,
porque las mujeres que quieren de verdad,
lo hacen así a tirones
y te hacen el amor con las entrañas
y te muerden en la espalda
porque tienen hambre
y te respiran dentro de la boca
y te hacen café por la mañana
con pan, aceite y besos
y zumo de caricias con la lengua
y después del almuerzo
siempre hay algo que sabe a vainilla,
su piel se eriza y sus diminutos vellos
juegan a hacerme cosquillas por dentro del estómago.

Y sé que me quiere porque cuando vemos el mar,
siempre me agarra la mano con fuerza
y hace planes que sólo puede hacer una mujer enamorada
y me convierte en el principal partícipe de ellos.

Incluso con un paraguas rosa.

Ahora se acerca hasta el sofá
con esa sonrisa de princesa del suburbio
descruza las piernas lentamente
y todo el salón desaparece,
sólo está ella y yo
y sus piernas abiertas
y un autobus amarillo cruzando por sus muslos
y shakira bailando en tanga en una loseta
y la luna incrustada en el techo
y el sol en sus labios,
en los cuatro
y un hombre que desconozco con la boca abierta
y la lluvia
y su pelo mojado
y un nube enorme
y un paraguas rosa
y este poema
y todo le cabe en la boca
y se lo traga.

Sobretodo a mí.'

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Quizás solo se trate de prosperar, de seguir por un camino que no sea el que marquen tus labios, unas caricias que no sean las tuyas.